Entradas de Agosto 2007
Una lámpara y unas manos: ¡hopla!, sombras chinescas. Si añadimos una pantalla (para lo que basta una sábana tensa en un armazón de madera), e iluminamos y manipulamos las figuras desde detrás, encontraremos a varias figuras clásicas del mundo titiritero, como Karagoz en Turquía y Grecia o las sombras del wayang kulit.
En las representaciones más modernas, se pueden crear varios efectos con el uso de diferentes colores y luces, el acercamiento y alejamiento de las figuras a la pantalla o al foco, el desplazamiento del propio foco…

En la imagen, El ruiseñor y el emperador, basado en el cuento de Andersen, por la compañía catalana Framis von Porat. Del libro El teatre de titelles a Catalunya.
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Todavía estáis a tiempo de ver varias obras de este verano titiritero en Abizanda (Huesca). Seguro que os vale la pena el viaje. Aquí podéis ver el calendario.
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Como los espectadores del teatro de títeres son, en su gran mayoría, niños, se suele pensar que este tiene solo una función pedagógica. Pero no hay ningún teatro -el de títeres tampoco- que deba subordinarse a unas supuestas metas educativas.
La “autonomía del teatro”; la “experiencia teatral” que quiere comunicar… Estas vivencias tienen que ver con la ilusión, con el “hacer como si”, con la transformación de las cosas. Mediante la intervención de personajes que hablan y actúan y mediante su propia perspectiva, el teatro influye al espectador, comunica sus sentimientos, su racionalidad y un mundo de vivencias visibles. Así, una obra teatral puede ser una ayuda orientativa para el comportamiento de cada cual en la vida cotidiana. Realiza afirmaciones, trata varios temas y expresa ideas; es, en suma, un foro abierto a la discusión.
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Javier Villafañe (1909) es considerado el pionero de los titiriteros argentinos. Según lo que es casi una leyenda, se decidió por este arte a partir de la visita de Lorca y sus títeres de cachiporra, en 1933. Sus obras se dirigen sobre todo a los niños más pequeños, aunque tiene también obras para adultos. Los personajes más famosos de Villafañe son, probablemente, Juancito y María. Sus aventuras se cuentan en “La calle de los fantasmas”, que podéis leer en Historias para títeres/1.

Como dice allí Eduardo di Mauro, “luego de ser actuado, recreado y jugado por muchos titiriteros profesionales en más de cien mil representaciones, Juancito significa de por sí una sólida base para diseñar una estética del teatro de títeres de guante. Este personaje ingenuo, valiente, cobarde, enamorado e ingenioso, con un comportamiento escénico simple, directo y rápido, obtiene en sus infinitas versiones la síntesis de ese humor que solo el teatro de títeres logra en los niños y en los adultos de cualquier latitud ciudadana o campesina del mundo hispanoparlante.”
Podéis leer otras obras de Villafañe en Antología, Sudamericana, Buenos Aires, 1990; y Cuentos y títeres, Colinue, Buenos Aires, 1990. Villafañe era también escritor; en este enlace podéis leer algunos comentarios sobre sus obras: Compartiendo lecturas.
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Punch, el malísimo
Una enorme nariz aguileña y roja, roja como las mejillas y la barbilla; una joroba grotesca y deforme; pies (a diferencia de sus compañeros); y, por último, un bastón, al que recurre sin cesar: ese es Punch, el malísimo. Tan malo, que los políticos no siempre han entendido ni aceptado su sentido del humor y han intentado censurarlo incluso en fechas recientes.
Su voz es muy peculiar; el Punchman (titiritero) la hace chirriar mediante la lengüeta o swazzle. Precisamente por esos chirridos, el diálogo de Punch suele reducirse a unas pocas y breves frases (como That’s the way to do it!, “Así es como hay que hacerlo”).
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Guignol es el títere francés por antonomasia. Siempre ha sido un títere de guante: no evolucionó a partir de la marioneta. Aparece en Lyon hacia 1800; es más joven, por tanto, que Punch o Kásperle, pero logró tanta fama que hoy «guiñol» es sinónimo de títere en muchas partes. Lo creó Laurent Mourguet, de oficio… ¡dentista!
De modo que, si permiten la broma, cuentan los más fidedignísimos historiadores que Mourguet tenía la sensibilidad de preguntar a los pacientes: «Jefe, ¿le duermo con la cachiporra o le entretengo con títeres?» Y de tanto practicar uno y otro (que gustos hay de todas clases), acabó creando un títere de cachiporra.
En realidad, Guignol es un canut, un trabajador de la seda. En el Lyon de 1800 -una ciudad que comenzaba a vivir el proceso de industrialización general- los canuts lucharon contra sus durísimas condiciones de trabajo, casi de explotación, protagonizando una de las primeras revoluciones obreras. De ahí deriva el carácter principal de Guignol: un sencillo «hombre del pueblo» que, con las armas de la astucia, se enfrenta a diferentes formas de poder.
Esa característica, e incluso el esquema general de personajes, se mantienen en Titella, el títere tradicional catalán. También la comparte con Punch, pero ni Guignol ni Titella son perversos, a diferencia del títere inglés.
Guignol viste característicamente con una chaqueta corta, un bonete y una trenza. En sus aventuras, le ayuda su mujer (Madelon, con un pañuelo en la cabeza) y su compañero Gnafron, casi siempre borracho (otro rasgo de humor popular). Gnafron es zapatero y viste un delantal de cuero y una gorra de seda. (Hay quien dice que está basado en un violinista que trabajó con Mourguet, conocido como le père Thomas, pero tampoco está muy claro.) Los enemigos de Guignol son el juez y el gendarme, que suele acabar recibiendo una buena tunda.
En Lyon hay hoy un museo del títere: el Musée Gadagne [15-ago-07]. Pero el sitio más expresivo sobre este personaje es el del grupo Il était une joie: contiene fotos y videos de los personajes [15-ago-07]. En el barrio lyonés de la Cruz Roja prepararon una pequeña introducción que relaciona a Guignol con el espíritu que motivó la revolución de los canuts; ellos nos cedieron amablemente las imágenes del Théatre de Guignol de Lyon. En la página de la familia Castelbou se cuenta también la historia y, sobre todo, se muestra cómo se fabrica uno de sus títeres, con fotos [15-ago-07].
En el vol. 3 de las Historias para títeres, de Arbolé, podéis leer dos guiones en versión de José Luis González.
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Kasperl es un títere tradicional alemán (por lo general, de guante). A diferencia de otras tradiciones, es un personaje muy vivo, que se ha actualizado de formas muy diversas.
En España es conocido por las novelicas de aventuras que escribió Josephine Siebe y tradujo Noguer; pero es un personaje sin amo. Una de las obras más representadas hoy lo combina con una figura más moderna, la del divertido y malvado Hotzenplotz (el bandido Saltodemata).
En la imagen, una figura de la Freiburger Puppenbühne.
Si entendéis el alemán, en el proyecto Gutenberg pueden leerse algunas historias clásicas de Kasperl:
- Clemens Brentano: Geschichte vom braven Kasperl und dem schönen Annerl
- Franz Graf von Pocci: Das Eulenschloß, Der artesische Brunnen, Kasperl in der Türkei, Kasperl unter den Wilden
- Aparece también en Pole Poppenspäler, de Theodor Storm
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Los títeres de dedo son una reducción de los títeres de guante. Es fácil encontrar en el mercado paquetes que se componen de un cuento y algunos de estos titiricos. Y, justamente por su tamaño, funcionan muy bien con los críos más “reducidos”, que suelen apreciar mucho este espectáculo de distancia corta. (¿Esa poca distancia ayuda a superar el miedo ante lo extraño?)
Pero son también una simplificación. Y en el arte, ese es un camino difícil de explorar, pero necesario y gratificante. El titiritero ruso Serguei Obraztsov ha hecho famosos unos títeres de dedo reducidos a la mínima expresión: el dedo desnudo, una bola de pórex y cuatro rasgos de la cara.
Las fotografías de Obraztsov proceden de los libros de Freddy Artiles (derecha) y los titiriteros de Binéfar (izquierda). (Más información sobre esos libros, aquí. Si quieres comprarlos, consulta con tu librero habitual.)


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Caperucita y el lobo; hadas, princesas y brujas; sabios, profesores o magos… ¿acaso no hay un títere de guante en todas las casas? (Quizá no, y hay más televisores que títeres. O quizá sí, aunque sea en un cajón. Tú abre el cajón, por si acaso…).
Bajo esta forma de títeres se han desarrollado varios personajes característicos: Punch el malísimo, Guiñol el obrero (y el putxinel·li catalán), Kasperl el travieso o el inefable Juancito. Y si me dejo a alguno, ¡al garrote, Cristóbal!
Pero antes veamos una técnica similar, más reducida, e igualmente cercana a todos los niños: los títeres de dedo.
En la foto, títere de guante con pies, de fabricante desconocido.
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El teatro de varillas se da por igual en Oriente y Occidente. También relacionados con la épica, como los pupi sicilianos, pero dentro de la tradición javanesa, como las otras formas de wayang, podemos citar los grandes títeres de madera del wayang golek.
Comparten con sus hermanos indonesios (wayang kulit y otros) la base argumental, el simbolismo de la decoración y la duración y libertad del espectáculo; pero su manipulación es muy diferente: un eje inferior, cubierto por el vestido, permite sujetarlos y mover el cuello; y los brazos, largos y articulados, se mueven también con varillas inferiores.

- La imagen fue tomada, con permiso, de http://bandung.wasantara.net.id/wayang1.htm, página que hoy no funciona.
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Las marotas -un nombre tomado del francés marotte- son grandes figuras, normalmente con relieve, que se suspenden sobre un eje. Son hermanas de lo que en ocasiones se han llamado “títeres planos”, grandes figuras sin relieve que, en el fondo, vienen a ser grandes siluetas. En el mundo de los títeres, casi todos los géneros se tocan…
En ocasiones, las marotas tienen elementos móviles, que se agitan libremente o se manipulan con varillas.
En la foto, una marota de “Los Ibeyis y el Diablo”, del Teatro Arbolé, de Zaragoza; se pueden ver las varillas que controlan los brazos (del libro Títeres. Historia, teoría y tradición).
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Existen varios libros muy interesantes sobre el mundo del títere. De los que conocemos, estos son los que más nos gustan.

Pilar Amorós y Paco Paricio: Títeres y titiriteros. El lenguaje de los títeres. Mira Editores, Zaragoza, 2000. 22×23 cm, 168 p. ISBN 84-89859-57-4.
Se trata de un libro espléndido. Los Titiriteros de Binéfar aprovechan sus 25 años de experiencia para repasar, una por una, las diferentes técnicas, desde las siluetas al bunraku y las marotas; sin olvidar la que es, a su juicio, cuestión esencial: tener una buena historia que contar.
Está repleto por igual de consejos, experiencias e ilustraciones; y está escrito con cuidado, para que sea a la vez rico y sencillo de leer.

Freddy Artiles: Títeres, historia, teoría y tradición. Teatro Arbolé, Zaragoza, 1998. 24×17 cm, 134 p. ISBN 84-922607-5-0. Distribuye: Contratiempo, tel. 976 107 859.
Un buen libro, con bastantes fotos e ilustraciones (b/n). Repasa la evolución histórica del género y sus diferentes tradiciones, con especial interés en las orientales. En su último capítulo, analiza varias cuestiones referidas a la esencia, la técnica y la dramaturgia del teatro de títeres.

Josep A. Martín: El teatre de titelles a Catalunya. Publicacions de l’Abadia de Montserrat, Barcelona, 1998. 19×13 cm, 280 p. ISBN 84-7826-904-5.
Diccionario de grupos, intérpretes y términos relacionados con el teatro de títeres en Cataluña. Habla, por tanto, de los Vergés, “Didó”, Herta Frankel, Tozer, Jordi Beltrán, Carles Cañellas y Rocamora, L’estaquirot, Teia Moner, Esther Prim y tantos otros. Contiene unas sesenta fotos (b/n), un ensayo introductorio y un apéndice sobre los títeres en Valencia entre 1976 y 1996.
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A partir del Orlando Furioso, de Ariosto -una obra épica del siglo XVI-, han surgido una serie de tradiciones teatrales que reproducen las aventuras de este fantástico caballero. La más famosa, quizá, es la de los pupi sicilianos; pero se representan obras similares en Lieja (Bélgica) y Amiens (Francia).
Los pupi son muñecos tallados en madera, de figura completa. Pueden alcanzar hasta un metro cincuenta de altura, pero siempre teniendo en cuenta que la altura es un símbolo de la importancia de los personajes: nadie es más alto que Orlando o Carlomagno. Se controlan sobre todo con una gruesa vara de hierro que entra por la cabeza y permite mover el cuello. Habitualmente, una segunda varilla permite mover la espada y, en ocasiones, otra el escudo. Los personajes secundarios suelen tener los brazos sueltos. El manipulador, que controla los muñecos desde arriba, está oculto a la vista de los espectadores.
Podéis ampliar esta información en el libro de Freddy Artiles. Al menos, de ahí la hemos sacado nosotros…
- En la imagen, “pupo” de Figli d’Arte Cuticchio, Palermo (Italia). Del libro Títeres y titiriteros, de Pilar Amorós y Paco Paricio.
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Un títere no tiene por qué ser complejo: basta un simple muñeco al que se añada un eje o una varilla, por ejemplo. (O mover un muñeco por encima de una tarima; pero las tradiciones más características de esta técnica, como la del bunraku, son realmente complejas).
Así, el muñeco de la foto superior, como es de ropa, puede mover los brazos y las piernas libremente; gracias al eje, puede saltar, girarse, darse la vuelta, bailar… Si creciera, se convertiría en una marota.
Existen varias tradiciones singulares de títeres con varillas, como los pupi de Sicilia o el wayang golek de Java.

El arlequín de la izquierda (adquirido en una feria local) tiene como cuerpo tiras de tela multicolor terminadas en cascabeles, con lo que es un espléndido bailarín. Es muy frecuente verlos en mercadillos y son figuras muy eficaces.
El títere de la derecha, que se llamó Charlie en homenaje al gran Charlie Rivel, se puede esconder en un cono (cortado en la foto) y girar o moverse con su eje. Lo compré en Lyon; no sé quién lo fabricó.
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Sitio en pruebas para el traslado de Can Titella, un sitio de aficionados a los títeres.
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