Había leído en varios lugares que la vocación de Javier Villafañe se despertó tras ver una gira de Lorca. Sin embargo, en los Títeres de la andariega (Colihue, Buenos Aires, 1990) se cuenta de otra manera:
Las cinco obras que componen este libro fueron escritas en distintas fechas: Don Juan Farolero, en 1930, cuando era soldado en la base aérea de Palomar, influenciado entonces por los esperpentos de Valle Inclán y las marionetas de San Carlino de doña Carolina y don Bastián de Terranova —mis maestros—. Las vi actuar por primera vez cuando tenía dieciocho o diecinueve años. Me impresionaron tremendamente. Esa noche, en un viejo teatro de La Boca, encontré mi oficio.
(Javier Villafañe, octubre de 1989)
El librito, de menos de un centenar de páginas, incluye obras en romance para adultos: el ya citado Don Juan Farolero y cuatro obras de 1934: La guardia del general, Una pieza con moraleja, El fantasma y Fausto.


Guignol es el títere francés por antonomasia. Siempre ha sido un
En Lyon hay hoy un museo del títere: el 



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