Archivo de la categoría: Reflexiones

Titiritero, por Elvira Lindo

«No sé cómo se sentirán los titiriteros al comprobar que el nombre que denomina su oficio ha adquirido matices de insulto. Titiritero es la forma chusca de rebajar la categoría de los actores españoles. Lo veo aquí y allá. Cada vez que un comediante expresa una opinión política el clamor de antipatía que despierta se resume en un nombre pronunciado con enorme desprecio: titiritero.

Hay que ser muy ignorante para ensuciar la nobleza de ese oficio. Tal vez aquellos que vivan ajenos por completo al universo de la imaginación infantil no sepan calibrar lo que para un niño significa un espectáculo de títeres. Desde el teatrillo callejero más modesto al que llega al Teatro Real, como las espectaculares marionetas de Enrique Lanz representando El Retablo de Maese Pedro, de Manuel de Falla, todos tienen su valor. Uno de los espectáculos españoles más reseñados en Nueva York el año pasado fue el de las marionetas del grupo aragonés Caleidoscopio. Yo asistí aquel sábado mágico …» [seguir leyendo en El País]

Los titiriteros se han quejado repetidamente, como bien saben los responsables de comunicación de algunas cadenas de radio. Pero hay quien cree vivir en una guerra en la que todo vale. Lo peor, para mí, como bien dice Elvira Lindo, es que hayan llegado a ser incapaces de comprender lo que valen las risas de los niños (o el asombro y la maravilla de los adultos), pues si lo comprendieran, se les trabaría la lengua antes de usar este oficio tan digno como insulto. Ellos se lo pierden. Y no saben cuánto…

Títeres y calidad dramática

Ayer tuve ocasión de ver una obra —no importa cuál, solo que no era de aficionados— que me pareció todo un despropósito. Aparte de algunos problemas técnicos molestos, con acoplamiento del sonido, que bien cabe atribuir al teatro y no a la compañía, el fallo esencial era que la galería de técnicas empleadas carecía del más mínimo sentido conjunto. Una niña que se sentaba cerca de mí lo resumió crudamente al acabar, cuando preguntó: «Y esto, ¿de qué iba?». La madre le respondió, un poco inquieta: «¡Pues no lo sé!». No es que no hubiera una anécdota, que la había, si uno se afanaba en buscarla; es que era tan débil que no producía el necesario efecto de cohesión.

Una exhibición técnica no hace una obra dramática, igual que los efectos especiales —ni los más prodigiosos— no bastan para crear una película. Por otro lado, la obra se dirigía al público infantil, pero tan pronto era infantiloide —con ese abuso de los grititos y el bu-bu-bu tan característico, por desgracia, de cierto teatro infantil— como desplegaba una representación de las pesadillas que daba auténtico pánico a los pequeños.

Sin hilazón dramática y sin un público mínimamente definido, ¿qué pretendía la obra? Quizá demostrar la diversidad de facetas de su creador, pero me temo que eso es un ejercicio de exhibicionismo, no de arte dramático para los niños.

Un titiritero tandilense en Río Grande

En Can Titella nos gustan los grandes espectáculos de títeres y marionetas, de especial calidad de confección, que merecen ser representados en un teatro estable; pero también los sencillos, los del titiritero de carreta que agarra las maletas y empieza a recorrer pueblos buscando nuevos públicos y nuevas experiencias. Y nos gusta que nos lo cuenten: cómo fue el viaje, qué lo originó, con qué esperanzas, qué frutos produjo.

Si bien tardó en poder concretar el viaje, finalmente vino con su teatro llamado «Títeres del Bonete». Walter Bermúdez trabaja mucho en la provincia de Buenos Aires, pero por primera vez se presentó en Río Grande, tanto en el Jardín Dominó, como en el CIERG. [...]

«Me gusta el trabajo en las escuelas, porque yo hago la representación de la obra de títeres y luego les explico a los chicos que es lo que hago: les cuento que viajo, les explico qué tipo de títeres utilizo; doy vuelta mi retablo y entablo una suerte de conversación con los ellos y me hacen preguntas, teniendo en cuenta que como uno viene de un lugar lejano a ellos les interesa», agregó Walter. En estas dos semanas que pudo visitar la ciudad, no fue fácil arreglar y acordar estas presentaciones. Walter visitó alrededor de una docena de instituciones, fundamentalmente jardines de infantes, de las cuales dos le dijeron que sí y el resto le manifestó que el año que viene tiene las puertas abiertas. [...]

Walter Bermúdez comenzó con el arte de los títeres en 1985, en una escuela de la época que se llamaba Taller Municipal de Títeres. [...] Títeres del Bonete es su proyecto propio y si bien en este caso vino solo, en Tandil trabaja con su esposa, Celina Ovejero. Ella se dedica a la parte del diseño y la confección de los títeres, la escenografía, la utilería, las telas y los retablos.

El espectáculo se llama «De todo en una valija» y combina un show de títeres, música y circo. En este show, Walter intercala diferentes técnicas de circo como los malabares, la técnica de clown y el ilusionismo, y empalma con la obra de títeres. A su vez la obra de títeres combina diferentes técnicas: títeres de guante, de varilla, los mapeds [muppets] o bocones y las siluetas. Todo es acompañado con música: se destaca mucho la participación de los chicos, los cuales hacen palmas, interrelacionan con los títeres entablando una conversación.

Podéis leer el artículo completo en el diario El Sureño. En su faceta local, no menos importante, Títeres del Bonete también organiza el Festival de Títeres en Vacaciones de Invierno (ver programa del quinto festival).

Representación de cuentos populares con títeres

Los cuentos populares, tradicionales, realistas o de hadas son un clásico de la escena titiritera, porque cuentan con la ventaja de que son textos muy conocidos. Eso concede más libertad al dramaturgo, pues le permite incluso reducir al mínimo el uso del lenguaje hablado; en realidad, podemos ver un cuento tradicional en húngaro y entenderlo casi todo. Sabremos en seguida quiénes son los «buenos» y quiénes los «malos», y quiénes ayudan a cada cuál; reconoceremos figuras, como la del hijo aventurero, la del príncipe, la de la bruja; sabremos cuentos donde los personajes se enfrentan al mismo problema; quizá incluso podamos aventurar la solución…

También puede ocurrir, por el contrario, que tengan otro atractivo distinto, el de ser propuestas exóticas: japonesas, africanas, aborígenes… Pero, al mismo tiempo, resultan universales y, por tanto, fáciles de comprender para los niños. Porque los cuentos populares comparten mucho entre sí, independientemente de dónde se originen (no hará falta hablar aquí de Vladimir Propp, pero dejo el enlace para quien no conozca su estudio sobre la estructura regular de los cuentos tradicionales).

Un sitio que nos ha gustado mucho en ese campo es el de los austríacos Märchenbühne der Apfelbaum (Teatro de cuentos del manzano). Aunque está solo en alemán, me ha parecido que las fotos, sencillas pero atractivas (no se trata de un sitio estridente ni vanguardista), merecen una visita.

darabuc-maerchenbuehneat-rotkaeppchen-wolf.jpg

(En nuestro sitio de poesía infantil en catalán hemos utilizado esta Caperucita para ilustrar un poema de Miquel Desclot.)

El teatro de títeres y la educación

Como los espectadores del teatro de títeres son, en su gran mayoría, niños, se suele pensar que este tiene solo una función pedagógica. Pero no hay ningún teatro -el de títeres tampoco- que deba subordinarse a unas supuestas metas educativas.

La “autonomía del teatro”; la “experiencia teatral” que quiere comunicar… Estas vivencias tienen que ver con la ilusión, con el “hacer como si”, con la transformación de las cosas. Mediante la intervención de personajes que hablan y actúan y mediante su propia perspectiva, el teatro influye al espectador, comunica sus sentimientos, su racionalidad y un mundo de vivencias visibles. Así, una obra teatral puede ser una ayuda orientativa para el comportamiento de cada cual en la vida cotidiana. Realiza afirmaciones, trata varios temas y expresa ideas; es, en suma, un foro abierto a la discusión.

Sigue leyendo