«No sé cómo se sentirán los titiriteros al comprobar que el nombre que denomina su oficio ha adquirido matices de insulto. Titiritero es la forma chusca de rebajar la categoría de los actores españoles. Lo veo aquí y allá. Cada vez que un comediante expresa una opinión política el clamor de antipatía que despierta se resume en un nombre pronunciado con enorme desprecio: titiritero.
Hay que ser muy ignorante para ensuciar la nobleza de ese oficio. Tal vez aquellos que vivan ajenos por completo al universo de la imaginación infantil no sepan calibrar lo que para un niño significa un espectáculo de títeres. Desde el teatrillo callejero más modesto al que llega al Teatro Real, como las espectaculares marionetas de Enrique Lanz representando El Retablo de Maese Pedro, de Manuel de Falla, todos tienen su valor. Uno de los espectáculos españoles más reseñados en Nueva York el año pasado fue el de las marionetas del grupo aragonés Caleidoscopio. Yo asistí aquel sábado mágico …» [seguir leyendo en El País]
Los titiriteros se han quejado repetidamente, como bien saben los responsables de comunicación de algunas cadenas de radio. Pero hay quien cree vivir en una guerra en la que todo vale. Lo peor, para mí, como bien dice Elvira Lindo, es que hayan llegado a ser incapaces de comprender lo que valen las risas de los niños (o el asombro y la maravilla de los adultos), pues si lo comprendieran, se les trabaría la lengua antes de usar este oficio tan digno como insulto. Ellos se lo pierden. Y no saben cuánto…

